Monseñor Jairo Uribe Jaramillo semblanza de un pastor

  Antioqueño de nacimiento, cartagüeño de corazón, descubrió muy pronto su vocación sacerdotal e inició los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor de Medellín; pero la Providencia quiso regalarle a la recién creada Diócesis de Cartago la huella imborrable de su Sacerdocio. Recibió la Sagrada Ordenación de manos de Monseñor José Gabriel Calderón Contreras el 15 de agosto de 1964. Fue un pastor entregado en cuerpo y alma a su rebaño. Amó entrañablemente a la Iglesia y a los pobres, hizo de ellos el centro de su vida, la razón de ser de su Ministerio y de su incansable trabajo pastoral. Con especial sensibilidad descubría en la necesidad y en la mirada de cada persona el rostro humano de Dios, manifestado en Cristo, que se hizo pobre para enriquecernos y se hizo hombre para que recibiéramos la gracia de ser hijos de Dios y ciudadanos del cielo. Lo recordaremos siempre con gratitud, como un verdadero sacerdote en todo el sentido de la palabra, porque su vida fue una ofrenda, un sacrificio de alabanza. Formador de sus hermanos sacerdotes desde la cátedra y desde el testimonio de su vida gastada al servicio de los demás, como se consumen los cirios ante el altar, despidiendo su luz y esparciendo su discreto y suave olor a santidad. El 26 de enero, a pocos días de haber cumplido sus 84 años de vida, fue convocado a la Casa del Padre, para celebrar sus Bodas de Diamante Sacerdotales en la liturgia del cielo. ¡Gracias por tanto, Monseñor! Pbro. Carlos Andrés Escarria M.

Año de la Oración

“Año de la Oración”. Fisichella: Resaltar la dimensión espiritual del Jubileo

Jubileo 2025
Peregrinos de la Esperanza
Este 23 de enero, se llevó a cabo en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, la rueda de prensa de presentación del “Año de la Oración” en preparación al Jubileo de 2025. Tras la presentación Monseñor Rino Fisichella Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización, responsable de la Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el Mundo subrayó que el Jubileo es ante todo un evento espiritual y por ello no hay mejor modo de prepararse con la oración.
Adriana Masotti / Renato Martinez – Ciudad del Vaticano “El Año de la Oración se enmarca en este contexto para favorecer la relación con el Señor y ofrecer momentos de auténtico descanso espiritual. Un oasis para descansar del estrés cotidiano donde la oración se convierte en alimento para la vida cristiana de fe, esperanza y caridad”, lo dijo Monseñor Rino Fisichella, Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización, responsable de la Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el Mundo, durante la rueda de prensa de presentación del “Año de la Oración” en preparación al Jubileo de 2025 y de la serie “Apuntes sobre la Oración”, que tuvo lugar este martes 23 de enero, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

El Jubileo es un evento espiritual

En la presentación el Pro-Prefecto señaló que, más de 700 personas de Santa Sede participan en diversas funciones, se han realizado alrededor de 200 reuniones e inspecciones, el trabajo de los distintos grupos de trabajo, las mesas redondas con el gobierno italiano y el municipio de Roma; ya se han reunido 208 representantes de las diócesis italianas y 90 representantes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo: son sólo algunas de las cifras que demuestran el compromiso constante para organizar los grandes acontecimientos del Jubileo de 2025, cuya preparación está encomendada al Dicasterio para la Evangelización. Además, según un estudio reciente, podrían ser 32 millones de personas, entre ellas un millón y medio de jóvenes, los que llegarían a Roma para esta ocasión. Pero, subraya monseñor Fisichella, el Jubileo no son sólo las grandes obras que conciernen a la ciudad, no es sólo la organización de una serie de acontecimientos, sino es un momento que quiere enriquecer espiritualmente «la vida de la Iglesia y de todo el pueblo de Dios convirtiéndose en un signo concreto de esperanza» y para que así sea verdaderamente hay que prepararlo y vivirlo «en las propias comunidades con ese espíritu» de espera propia de la esperanza cristiana» y el Año de oración 2024 «viene a corresponder plenamente a esta necesidad».

Un Año para resaltar el horizonte espiritual del Jubileo

El Papa Francisco inauguró oficialmente el “Año de oración” el domingo pasado durante el Ángelus, pero, señala el Pro-Prefecto, «ya en la carta del 11 de febrero de 2022 que el Pontífice me dirigió nombrado al Dicasterio para preparar el Jubileo, el Papa Francisco había escrito: ‘ De ahora en adelante Me alegra pensar que el año que precede al acontecimiento jubilar, 2024, podrá estar dedicado a una gran sinfonía de oración. Ante todo, recuperar el deseo de estar en presencia del Señor, escucharlo y adorarlo». Un año, escribió el Papa, «en el que los corazones se abren para recibir la abundancia de la gracia, haciendo el ‘Padre Nuestro’, la oración con la que Jesús nos ha enseñado el programa de vida de cada uno de sus discípulos». Monseñor Fisichella subraya, además: «2024 será, por tanto, un Año de preparación al Jubileo que está a punto de comenzar y un Año durante el cual se perfilará el horizonte espiritual del acontecimiento jubilar que va mucho más allá de cualquier forma necesaria y urgente de organización estructural».

Redescubrir el valor de la oración

«Este no es un Año con iniciativas particulares – precisa Fisichella – sino más bien un momento privilegiado para redescubrir el valor de la oración, la necesidad de la oración diaria en la vida cristiana; cómo orar, y sobre todo cómo educar a orar hoy, en la ‘era de la cultura digital’. Y subraya la necesidad de una verdadera espiritualidad que existe en los hombres y mujeres de hoy. «Hay muchas personas – afirma – que rezan todos los días; quizás, me atrevo a decir, todos rezan. Ninguna estadística podría responder con cifras y porcentajes correctos a este momento tan íntimo de las personas que experimentan la pluriformidad de la oración como un momento completamente personal». El Año de oración se inscribe en este contexto y su celebración está encomendada a cada Iglesia local. El papel del Dicasterio para la Evangelización será apoyar lo previsto por las diócesis «para que la oración de la Iglesia pueda volver a revitalizar y liberar la vida de cada bautizado», poniendo a disposición de todos determinados subsidios, «instrumentos sencillos que en gran medida ya se han implementado diariamente en nuestras comunidades».

Las catequesis del Papa y la serie de la LEV

Entre las ayudas ofrecidas, se encuentran en primer lugar las 38 catequesis que el Papa Francisco pronunció del 6 de mayo de 2020 al 16 de junio de 2021, teniendo en cuenta los distintos momentos de oración, y luego la serie «Apuntes sobre la oración», presentada en la rueda de prensa por Monseñor Graham Bell. Se trata de una iniciativa de LEV, la Editorial Vaticana que, a partir de hoy, publicará una serie de 8 pequeños textos «que profundizan en las diversas dimensiones del acto cristiano de oración», firmados por autores de renombre internacional, editados por el Dicasterio para la Evangelización. El primer volumen disponible en las librerías se titula: Orando hoy. Un desafío que hay que ganar, está escrito por el cardenal Angelo Comastri y lleva el prefacio del Papa Francisco. «Propone – explica monseñor Bell – referencias a la necesidad de que la oración y la enseñanza tengan ‘una mirada diferente y un corazón diferente’, destacando figuras que han dado testimonio de la fecundidad de la oración, como Santa Teresa de Lisieux, San Francisco de Asís y Madre Teresa de Calcuta». La publicación de los otros siete textos se producirá hasta abril. El 6 de mayo, el Papa Francisco hará pública la Bula que anuncia el Jubileo de 2025 y, a partir de esa fecha, se precisa, la Carta Apostólica del Papa estará en el centro de la preparación al Año Santo.

Una «escuela de oración» con el Papa Francisco

Volviendo a la palabra, el Pro-Prefecto anuncia que el propio Papa, durante este año, pondrá en marcha una «Escuela de oración», momentos de encuentro con comunidades y categorías de personas, siguiendo el modelo de los Viernes de la Misericordia vividos durante el Año Santo de la Misericordia, «para orar juntos y comprender algunas formas de oración: de la acción de gracias a la de intercesión; de la contemplativa a la de consolación; de la de adoración a la de súplica…». Y Fisichella concluye citando nuevamente al Papa Francisco, que dijo estar seguro de que «obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas encontrarán en este año los modos más adecuados para poner la oración en la base del anuncio de esperanza que el Jubileo 2025 pretende hacer resonar en una época convulsiva». https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2024-01/jubileo-2025-preparacion-ano-oracion-rino-fisichella-rueda-prens.html

Jubileo 2025

El Papa Francisco inauguró oficialmente el pasado 21 de enero el Año de Oración 2024, dedicado de manera particular a la oración para preparar el Jubileo de 2025, que tendrá lugar en Roma bajo el lema “Peregrinos de esperanza”. Esta iniciativa fue presentada esta mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, de la mano de Mons. Rino Fisichella, Pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización y Mons. Graham Bell, miembro de la secretaría del mismo Dicasterio. Mons. Fisichella señaló que este tiempo pretende “mostrar la oración como vía maestra hacia la santidad, que nos lleva a vivir la contemplación en la acción”. 2024 será por lo tanto, según la intención del Santo Padre, “un año intenso de oración, en el que los corazones se puedan abrir para recibir la abundancia de la gracia”. Al mismo tiempo, la autoridad vaticana subrayó que de este tiempo de preparación deberá “emerger el horizonte espiritual del evento jubilar, que va mucho más allá de cualquier forma necesaria y urgente de organización estructural”. El Arzobispo precisó que este tiempo se centra además “en el estilo de vida, en la calidad ética y espiritual de la convivencia”. Por ello, lanzó la siguiente pregunta: “¿Estamos trabajando, cada uno en su  propio ámbito, para que esta ciudad sea un signo de esperanza para quienes viven en ella y para quienes la visitan?”. Para Mons. Fisichella, “es necesario prepararlo y  vivirlo en las comunidades con ese espíritu de expectativa típico de la esperanza cristiana”, al tiempo que aseguró que el Año de la Oración “corresponde plenamente a esta necesidad”. “No se trata de un Año con iniciativas particulares — puntualizó — más bien de un momento privilegiado  para redescubrir el valor de la oración, la necesidad de la oración diaria en la vida cristiana; cómo orar, y sobre todo cómo educar a orar hoy, en la época de la cultura digital, para que la oración sea  eficaz y fecunda”. Estos próximos años, que “demuestran una profunda necesidad de espiritualidad”, mostrarán también que “la oración no se deja atrapar en un esquema preestablecido porque es la relación personal del creyente con Dios mismo, dentro de esa relación íntima y exclusiva que distingue  nuestra fe”. El Año de la Oración, según el prelado italiano, “se enmarca en este contexto para favorecer la relación con el  Señor y ofrecer momentos de auténtico descanso espiritual”. Resaltó también que “necesitamos aprender a orar y el verdadero Maestro sólo puede ser Él:  Jesús, el Hijo de Dios, que con la oración del Padre Nuestro revolucionó el mundo de la oración  humana”.

Iniciativas para el Año de Oración

Para acompañar la meditación y la lectura para comprender mejor el valor de la oración, el Vaticano pone a disposición de los fieles diferentes instrumentos. En primer lugar, las 38 catequesis del Papa Francisco expuestas del 6 de mayo de 2020 al  16 de junio de 2021. Son catequesis que toman en consideración diversos momentos de la oración y  pueden ser releídas tomando de ellas sugerencias útiles y preciosas. Además, el Dicasterio para la Evangelización publicará ocho volúmenes con el título “Apuntes sobre la oración”, a disposición de las diversas Conferencias Episcopales para que sea, en el curso de los próximos meses, “una ayuda útil para profundizar en la oración y también para ayudar a los jóvenes en este camino”. Mons. Fisichella también informó que durante el año 2024, el Santo Padre realizará una “Escuela de oración”, que contará con momentos de encuentro “con algunas categorías de personas para orar juntos incluyendo algunas formas de oración”. Preguntado por ACI Prensa, el Arzobispo explicó estos encuentros de oración dependerán de los compromisos del Papa Francisco y posiblemente contará “con personas y familias de la Diócesis de Roma”. Por último, reiteró que Dicasterio del Vaticano “queda a disposición de todas las Conferencias Episcopales y de  los representantes de las Diócesis para el Jubileo, para proporcionar mayores aclaraciones y poner a  disposición el material que se prepare cada vez”.

Trabajos en Roma para el Jubileo 2025

Mons. Rino Fisichella anunció que un total de 723 personas de la Santa Sede de diferente nivel están trabajando en la preparación del Jubileo. Los trabajos se han dividido además en 21 grupos y ya se han realizado más de 200 reuniones. Asimismo, el prelado señaló que cuentan con 208 referentes de las diócesis italianas y con 90 referentes de las conferencias de todo el mundo. Por último, recordó que el 9 de mayo de 2024, el Papa Francisco hará pública la bula del Jubileo, un documento con el que dará a conocer el espíritu, las intenciones y los frutos esperados de este gran evento de la Iglesia Católica que espera acoger en Roma a más de 30 millones de personas a lo largo del año. Puede consultar el calendario del Jubileo 2025 en la página web oficial, así como todos los documentos a disposición de los fieles para este Año de Oración.
Jubileo 2025
Peregrinos de la Esperanza
  https://www.aciprensa.com/noticias/102863/vaticano-detalles-del-ano-de-oracion-2024-para-preparacion-del-jubileo-2025

XXXII Jornada Mundial del Enfermo 2024 Francisco

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA XXXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 11 de febrero de 2024
«No conviene que el hombre esté solo». Cuidar al enfermo cuidando las relaciones   «No conviene que el hombre esté solo» (Gn 2,18). Desde el principio, Dios, que es amor, creó el ser humano para la comunión, inscribiendo en su ser la dimensión relacional.Así, nuestra vida, modelada a imagen de la Trinidad, está llamada a realizarse plenamente en el dinamismo de las relaciones, de la amistad y del amor mutuo. Hemos sido creados para estar juntos, no solos. Y es precisamente porque este proyecto de comunión está inscrito en lo más profundo del corazón humano, que la experiencia del abandono y de la soledad nos asusta, es dolorosa e, incluso, inhumana. Y lo es aún más en tiempos de fragilidad, incertidumbre e inseguridad, provocadas, muchas veces, por la aparición de alguna enfermedad grave. Pienso, por ejemplo, en cuantos estuvieron terriblemente solos durante la pandemia de Covid-19; en los pacientes que no podía recibir visitas, pero también en los enfermeros, médicos y personal de apoyo, sobrecargados de trabajo y encerrados en las salas de aislamiento. Y obviamente no olvidemos a quienes debieron afrontar solos la hora de la muerte, solo asistidos por el personal sanitario, pero lejos de sus propias familias. Al mismo tiempo, me uno con dolor a la condición de sufrimiento y soledad de quienes, a causa de la guerra y sus trágicas consecuencias, se encuentran sin apoyo y sin asistencia. La guerra es la más terrible de las enfermedades sociales y son las personas más frágiles las que pagan el precio más alto. Sin embargo, es necesario subrayar que, también en los países que gozan de paz y cuentan con mayores recursos, el tiempo de la vejez y de la enfermedad se vive a menudo en la soledad y, a veces, incluso en el abandono. Esta triste realidad es consecuencia sobre todo de la cultura del individualismo, que exalta el rendimiento a toda costa y cultiva el mito de la eficiencia, volviéndose indiferente e incluso despiadada cuando las personas ya no tienen la fuerza necesaria para seguir ese ritmo. Se convierte entonces en una cultura del descarte, en la que «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—.» (Carta enc. Fratelli tutti, 18). Desgraciadamente, esta lógica también prevalece en determinadas opciones políticas, que no son capaces de poner en el centro la dignidad de la persona humana y sus necesidades, y no siempre favorecen las estrategias y los medios necesarios para garantizar el derecho fundamental a la salud y el acceso a los cuidados médicos a todo ser humano. Al mismo tiempo, el abandono de las personas frágiles y su soledad también se agravan por el hecho de reducir los cuidados únicamente a servicios de salud, sin que éstos vayan sabiamente acompañados por una “alianza terapéutica” entre médico, paciente y familiares. Nos hace bien volver a escuchar esa palabra bíblica: ¡no conviene que el hombre esté solo! Dios la pronuncia al comienzo mismo de la creación y nos revela así el sentido profundo de su designio sobre la humanidad, pero, al mismo tiempo, también la herida mortal del pecado, que se introduce generando recelos, fracturas, divisiones y, por tanto, aislamiento. Esto afecta a la persona en todas sus relaciones; con Dios, consigo misma, con los demás y con la creación. Ese aislamiento nos hace perder el sentido de la existencia, nos roba la alegría del amor y nos hace experimentar una opresiva sensación de soledad en todas las etapas cruciales de la vida. Hermanos y hermanas, el primer cuidado del que tenemos necesidad en la enfermedad es el de una cercanía llena de compasión y de ternura. Por eso, cuidar al enfermo significa, ante todo, cuidar sus relaciones, todas sus relaciones; con Dios, con los demás —familiares, amigos, personal sanitario—, con la creación y consigo mismo. ¿Es esto posible? Claro que es posible, y todos estamos llamados a comprometernos para que sea así. Fijémonos en la imagen del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), en su capacidad para aminorar el paso y hacerse prójimo, en la actitud de ternura con que alivia las heridas del hermano que sufre. Recordemos esta verdad central de nuestra vida, que hemos venido al mundo porque alguien nos ha acogido. Hemos sido hechos para el amor, estamos llamados a la comunión y a la fraternidad. Esta dimensión de nuestro ser nos sostiene de manera particular en tiempos de enfermedad y fragilidad, y es la primera terapia que debemos adoptar todos juntos para curar las enfermedades de la sociedad en la que vivimos. A ustedes que padecen una enfermedad, temporal o crónica, me gustaría decirles: ¡no se avergüencen de su deseo de cercanía y ternura! No lo oculten y no piensen nunca que son una carga para los demás. La condición de los enfermos nos invita a todos a frenar los ritmos exasperados en los que estamos inmersos y a redescubrirnos a nosotros mismos. En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos, e incluso marginados y descartados. Con el amor recíproco que Cristo Señor nos da en la oración, sobre todo en la Eucaristía, sanemos las heridas de la soledad y del aislamiento. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, del descarte, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión. Los enfermos, los frágiles, los pobres están en el corazón de la Iglesia y deben estar también en el centro de nuestra atención humana y solicitud pastoral. No olvidemos esto. Y encomendémonos a María Santísima, Salud de los Enfermos, para que interceda por nosotros y nos ayude a ser artífices de cercanía y de relaciones fraternas. Roma, San Juan de Letrán, 10 de enero de 2024 Francisco

Anuncio de las fechas movibles año 2024

El texto del anuncio de las fiestas móviles de 2024 es el siguiente:   Después de la Proclamación del Santo Evangelio   «Queridísimos hermanos: La gloria del Señor se ha manifestado y se continuará manifestando entre nosotros, hasta el día de su retorno glorioso.   En la sucesión de las diversas fiestas y solemnidades del tiempo, recordamos y vivimos los misterios de la salvación.   Centro de todo el año litúrgico es el Triduo Pascual del Señor crucificado, sepultado y resucitado, que este año culminará en la Noche Santa de Pascua que, con gozo, celebraremos el día 31 de marzo.   Cada domingo, Pascua semanal, la santa Iglesia hará presente este mismo acontecimiento, en el cual Cristo ha vencido al pecado y la muerte.   De la Pascua fluyen, como de su manantial, todos los demás días santos: el Miércoles de Ceniza, comienzo de la Cuaresma, que celebraremos el día 14 de febrero;   la Ascensión del Señor, que este año será el 12 de mayo;   el Domingo de Pentecostés, que este año coincidirá con el día 19 de mayo;   el primer Domingo de Adviento, que celebraremos el día 1 de diciembre   también en las fiestas de la Virgen María, Madre de Dios, de los apóstoles, de los santos y en la conmemoración de todos los fieles difuntos, la Iglesia, peregrina en la tierra, proclama la Pascua de su Señor.   A él, el Cristo glorioso, el que era, el que es y el que viene, al que es Señor del tiempo y de la historia, el honor y la gloria por los siglos de los siglos.»

Mensaje del santo Padre Francisco Cuaresma 2024

Mensaje del santo Padre Francisco Cuaresma 2024
Mensaje del Santo Padre A través del desierto Dios nos guía a la libertad Queridos hermanos y hermanas: Cuando nuestro Dios se revela, comunica la libertad: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Así se abre el Decálogo dado a Moisés en el monte Sinaí. El pueblo sabe bien de qué éxodo habla Dios; la experiencia de la esclavitud todavía está impresa en su carne. Recibe las diez palabras de la alianza en el desierto como camino hacia la libertad. Nosotros las llamamos “mandamientos”, subrayando la fuerza del amor con el que Dios educa a su pueblo. La llamada a la libertad es, en efecto, una llamada vigorosa. No se agota en un acontecimiento único, porque madura durante el camino. Del mismo modo que Israel en el desierto lleva todavía a Egipto dentro de sí ―en efecto, a menudo echa de menos el pasado y murmura contra el cielo y contra Moisés―, también hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos. La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser ―como anuncia el profeta Oseas― el lugar del primer amor (cf. Os 2,16-17). Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida. Como un esposo nos atrae nuevamente hacia sí y susurra palabras de amor a nuestros corazones. El éxodo de la esclavitud a la libertad no es un camino abstracto. Para que nuestra Cuaresma sea también concreta, el primer paso es querer ver la realidad. Cuando en la zarza ardiente el Señor atrajo a Moisés y le habló, se reveló inmediatamente como un Dios que ve y sobre todo escucha: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). También hoy llega al cielo el grito de tantos hermanos y hermanas oprimidos. Preguntémonos: ¿nos llega también a nosotros? ¿Nos sacude? ¿Nos conmueve? Muchos factores nos alejan los unos de los otros, negando la fraternidad que nos une desde el origen. En mi viaje a Lampedusa, ante la globalización de la indiferencia planteé dos preguntas, que son cada vez más actuales: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9) y «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). El camino cuaresmal será concreto si, al escucharlas de nuevo, confesamos que seguimos bajo el dominio del Faraón. Es un dominio que nos deja exhaustos y nos vuelve insensibles. Es un modelo de crecimiento que nos divide y nos roba el futuro; que ha contaminado la tierra, el aire y el agua, pero también las almas. Porque, si bien con el bautismo ya ha comenzado nuestra liberación, queda en nosotros una inexplicable añoranza por la esclavitud. Es como una atracción hacia la seguridad de lo ya visto, en detrimento de la libertad. Quisiera señalarles un detalle de no poca importancia en el relato del Éxodo: es Dios quien ve, quien se conmueve y quien libera, no es Israel quien lo pide. El Faraón, en efecto, destruye incluso los sueños, roba el cielo, hace que parezca inmodificable un mundo en el que se pisotea la dignidad y se niegan los vínculos auténticos. Es decir, logra mantener todo sujeto a él. Preguntémonos: ¿deseo un mundo nuevo? ¿Estoy dispuesto a romper los compromisos con el viejo? El testimonio de muchos hermanos obispos y de un gran número de aquellos que trabajan por la paz y la justicia me convence cada vez más de que lo que hay que denunciar es un déficit de esperanza. Es un impedimento para soñar, un grito mudo que llega hasta el cielo y conmueve el corazón de Dios. Se parece a esa añoranza por la esclavitud que paraliza a Israel en el desierto, impidiéndole avanzar. El éxodo puede interrumpirse. De otro modo no se explicaría que una humanidad que ha alcanzado el umbral de la fraternidad universal y niveles de desarrollo científico, técnico, cultural y jurídico, capaces de garantizar la dignidad de todos, camine en la oscuridad de las desigualdades y los conflictos. Dios no se cansa de nosotros. Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad. Durante cuarenta días estará ante nosotros y con nosotros: es el Hijo encarnado. A diferencia del Faraón, Dios no quiere súbditos, sino hijos. El desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En Cuaresma, encontramos nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual emprender un camino que nunca antes habíamos recorrido. Esto implica una lucha, que el libro del Éxodo y las tentaciones de Jesús en el desierto nos narran claramente. A la voz de Dios, que dice: «Tú eres mi Hijo muy querido» (Mc 1,11) y «no tendrás otros dioses delante de mí» (Ex 20,3), se oponen de hecho las mentiras del enemigo. Más temibles que el Faraón son los ídolos; podríamos considerarlos como su voz en nosotros. El sentirse omnipotentes, reconocidos por todos, tomar ventaja sobre los demás: todo ser humano siente en su interior la seducción de esta mentira. Es un camino trillado. Por eso, podemos apegarnos al dinero, a ciertos proyectos, ideas, objetivos, a nuestra posición, a una tradición e incluso a algunas personas. Esas cosas en lugar de impulsarnos, nos paralizarán. En lugar de unirnos, nos enfrentarán. Existe, sin embargo, una nueva humanidad, la de los pequeños y humildes que no han sucumbido al encanto de la mentira. Mientras que los ídolos vuelven mudos, ciegos, sordos, inmóviles a quienes les sirven (cf. Sal 115,8), los pobres de espíritu están inmediatamente abiertos y bien dispuestos; son una fuerza silenciosa del bien que sana y sostiene el mundo. Es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para acoger la Palabra de Dios, y detenerse como el samaritano, ante el hermano herido. El amor a Dios y al prójimo es un único amor. No tener otros dioses es detenerse ante la presencia de Dios, en la carne del prójimo. Por eso la oración, la limosna y el ayuno no son tres ejercicios independientes, sino un único movimiento de apertura, de vaciamiento: fuera los ídolos que nos agobian, fuera los apegos que nos aprisionan. Entonces el corazón atrofiado y aislado se despertará. Por tanto, desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud. La forma sinodal de la Iglesia, que en estos últimos años estamos redescubriendo y cultivando, sugiere que la Cuaresma sea también un tiempo de decisiones comunitarias, de pequeñas y grandes decisiones a contracorriente, capaces de cambiar la cotidianeidad de las personas y la vida de un barrio: los hábitos de compra, el cuidado de la creación, la inclusión de los invisibles o los despreciados. Invito a todas las comunidades cristianas a hacer esto: a ofrecer a sus fieles momentos para reflexionar sobre los estilos de vida; a darse tiempo para verificar su presencia en el barrio y su contribución para mejorarlo. Ay de nosotros si la penitencia cristiana fuera como la que entristecía a Jesús. También a nosotros Él nos dice: «No pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan» (Mt 6,16). Más bien, que se vea la alegría en los rostros, que se sienta la fragancia de la libertad, que se libere ese amor que hace nuevas todas las cosas, empezando por las más pequeñas y cercanas. Esto puede suceder en cada comunidad cristiana. En la medida en que esta Cuaresma sea de conversión, entonces, la humanidad extraviada sentirá un estremecimiento de creatividad; el destello de una nueva esperanza. Quisiera decirles, como a los jóvenes que encontré en Lisboa el verano pasado: «Busquen y arriesguen, busquen y arriesguen. En este momento histórico los desafíos son enormes, los quejidos dolorosos —estamos viviendo una tercera guerra mundial a pedacitos—, pero abrazamos el riesgo de pensar que no estamos en una agonía, sino en un parto; no en el final, sino al comienzo de un gran espectáculo. Y hace falta coraje para pensar esto» (Discurso a los universitarios, 3 agosto 2023). Es la valentía de la conversión, de salir de la esclavitud. La fe y la caridad llevan de la mano a esta pequeña esperanza. Le enseñan a caminar y, al mismo tiempo, es ella la que las arrastra hacia adelante.[1] Los bendigo a todos y a vuestro camino cuaresmal. Roma, San Juan de Letrán, 3 de diciembre de 2023, I Domingo de Adviento. FRANCISCO